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Nubes sobre el Mar

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Cuadro pintado por mi hija pequeña
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lunes, 25 de mayo de 2015

Son cosas de la vida

Cerca ya del medio siglo de existencia te das cuenta de que hay sucesos que son inevitables. No sólo la enfermedad y la muerte, sino multitud de pequeños sucesos cotidianos.  Por ejemplo en todos los grupos de personas se repiten los mismos elementos: el arrogante, el eterno insatisfecho, el envidioso, el trepa... Esto vale para hombres y mujeres con pequeñas diferencias. Por eso, cuando mis hijos se quejan de alguien, yo siempre les digo que se vayan acostumbrando. En todos los trabajos existen todos esos elementos repetidos varias veces en cada departamento y cada sección. Y en todos los eventos sociales. Hay que intentar lidiar con ellos lo mejor posible.

Son cosas de la vida, como la chica a la que le atrae el chico menos indicado. O el que se enamora de alguien que no le corresponde, o la suegra que tiene celos de la nuera, o los cuñados que rivalizan entre ellos... Pequeñas cuestiones que, sin embargo, te pueden amargar la vida y a veces te hacen sufrir mucho mas de lo necesario. Pero que sólo se aprenden cuando adquieres la madurez suficiente,  que solo consigues con el tiempo y la experiencia. Así que llega un momento en que te das cuenta de la cantidad de sufrimiento que podrías haberte ahorrado pero ya es tarde para encarar los problemas de otra manera. Todos pasamos por lo mismo.

sábado, 11 de abril de 2015

no decir oste ni moste

Se refiere a no decir nada. Es lo que suelo hacer yo habitualmente cuando me encuentro en situaciones desagradables. Hombre, si hay un claro perjudicado entonces no me callo, pero si no se sabe si es peor el remedio o la enfermedad, prefiero quedarme callada. Claro está que eso me va minando por dentro y a veces pienso que está en el origen de todas mis dolencias físicas y psicológicas. Afortunadamente tengo esta página para soltar algunos pensamientos, pero hay cosas demasiado personales que no creo que deba contar tampoco aquí. De manera que tengo problemas enquistados por no decir oste ni moste.

La cuestión es que realmente da igual lo que digas o lo que hagas si cuando vamos a mirar se nos ha pasado la vida. Las personas con las que tuvimos cuitas ya han muerto o son completamente distintas, o son iguales pero ya no van a cambiar tampoco. Al fin y al cabo, como digo siempre, si de nosotros no van a quedar con suerte más que un par de fotografías. Tanto afán por conocer gente, por acumular cosas, para qué, para ser el más popular del cementerio. Como dice la Biblia: de qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma. Y aún respecto de eso tampoco las tengo todas conmigo... Así que mejor seguir callando y no complicar más las cosas.

martes, 10 de marzo de 2015

Monto un circo y me crecen los enanos

Esto lo siento yo muy a menudo. Se trata de tener mala suerte. La verdad es que yo he tenido muchos proyectos frustrados, como el de estudiar una carrera, hacerme secretaria o dominar idiomas. Pero en suma no puedo quejarme de los derroteros por los que va mi vida. Soy feliz con el resultado. Ya me imagino que nunca me tocará la lotería, ni los ciegos, aunque llevo años jugando al mismo número. También mi padre jugó durante décadas y nunca le tocó. Me parece que la suerte va por personas. Hay gente afortunada. Pero yo prefiero seguir con la vida que llevo, aunque de vez en cuando me dé el bajón porque soy un poco depresiva por naturaleza.

Creo que hay personas que tienen el temperamento acelerado y tienen ánimo para hacer muchas cosas aunque luego se quejen de que están estresadas. Otras, en cambio, somos más tranquilas y nos entusiasmamos menos por los proyectos pero también nos agobiamos menos. El problema es que alguien que tiene el ánimo justo para pasar el día como yo, a la mínima que algo se complica se puede ir para el fondo. Cuando era jovencita no me pasaba pero a partir de la madurez siento que estoy siempre en el límite de lo que puedo aguantar. Así que ya no monto circos por miedo de que me crezcan los enanos.


lunes, 29 de diciembre de 2014

Como Pedro por su casa

Es una expresión que significa estar a gusto en un sitio. Yo me sentí así en cuanto pisé la casa del pueblo. Nos enseñaron cuatro o cinco y creo que ésta fue la última, pero nada más entrar me sentí como Pedro por su casa, como si siempre hubiera vivido allí. Fue eso lo que me convenció para elegir esa casa. Cada vez que voy me pasa lo mismo, que me siento cómoda allí a pesar de que todavía nos faltan muchas cosas y en invierno hace un frío tremendo. Yo soy muy de pálpitos, también con las personas. Cuando alguien no me gusta desde el principio es difícil que cambie de opinión. Hay feeling o no lo hay, me temo.

Y como esa sensación la tengo tan pocas veces, no es extraño que sea tan poco sociable. La lástima es que a veces no es mutua. Ha habido personas que me han impresionado para bien pero yo no he conseguido atraerlas del mismo modo. Muchas realmente. Gente con la que me gustaría tener más relación pero me esquivan.  Es una pena, pero la verdad es que tampoco es que me sobre mucho tiempo libre actualmente. Estar como Pedro por su casa es una sensación muy agradable de bienestar, de tranquilidad y paz. Ojalá todo el mundo pudiera sentirse así. También lo siento en la iglesia.




miércoles, 23 de julio de 2014

Dentro de cien años, todos calvos.

Gran sabiduría la de este refrán. Es cierto, en cien años todos estaremos enterrados. Uno tiende a olvidar que la historia se compone de la vida de millones de personas a lo largo de miles de años. Y no somos más que un grano de arena en la playa insignificante. La verdad es que a veces te crees que realmente tienes un papel importante en tu familia, en tu ciudad, en tu país, y lo cierto es que en pocos años no serás más que un anciano, con suerte, aparcado en una residencia. Pero mientras lo estás viviendo parece que todos los acontecimientos tienen una importancia extraordinaria y que nada volverá a ser lo mismo.

Por eso, es interesante leer los escritos romanos y griegos, por ejemplo, y comprobar que ya entonces les preocupaban las mismas cosas. Que el amor, el matrimonio, la fidelidad, el trabajo, ya producían los mismos sentimientos en nuestros antepasados. Porque además realmente no somos más inteligentes que los primeros homo sapiens. Solamente tenemos más conocimiento de lo que nos rodea. Pero nuestra capacidad intelectual, como nuestras emociones, son las mismas que las de los hombres primitivos, y las mismas que tendrán los nietos de nuestros nietos si tienen la suerte de existir. Conviene no olvidar esa realidad.

miércoles, 30 de abril de 2014

No es oro todo lo que reluce

Siempre me llama la atención el hecho de que en los países pobres la gente parece ser más feliz que nosotros. Y es que encuentran la felicidad en cosas que nosotros ya no apreciamos. Eso es lo que he intentado explicar en mi libro Mi gran secreto de la felicidad. Realmente no se trata de una fórmula mágica sino de saber valorar lo que tenemos, especialmente nuestros seres queridos y la naturaleza. Hoy en día le damos demasiado valor a cosas como tener una buena casa, un coche o un móvil y ordenador de tecnología punta. Especialmente los jóvenes, porque al fin y al cabo los mayores todavía recordamos lo que era vivir sin todo eso.

También existen personas a las que los medios de comunicación encumbran porque han sobresalido en cualquier actividad y los convierten en ídolos de masas. Yo nunca he entendido esa actitud. Pienso que destacar en algo no te hace mejor persona y, como siempre les digo a mis hijos, lo que realmente importa es ser una buena persona. Lo demás es accesorio. El éxito viene y va. Por eso hay que tener cuidado sobre a quien admiramos y no idealizar demasiado a nadie, porque lo normal es que acaben decepcionándonos. Para mí el único hombre sin tacha es Jesucristo. Ni siquiera incluyo en esa categoría a todos los religiosos.

lunes, 13 de enero de 2014

El hábito no hace al monje.

Este refrán invita a no fiarse de las apariencias. Además se refiere especialmente a las personas con un aspecto irreprochable, como los monjes. Generalmente cuando vemos a alguien con aspecto formal tendemos a pensar que se trata de una persona responsable y la verdad es que suele ser lo cierto, mientras que los que llevan un aspecto más descuidado suelen ser gente más informal. Sin embargo, no por el hecho de llevar una ropa determinada o pertenecer a un estamento esto garantiza, por desgracia, el buen comportamiento. De todo hay en la viña del Señor. Hay quien se arregla o desarregla por distintos motivos.

Tomando literalmente el refrán, en este blog estoy acostumbrada a recibir críticas a la Iglesia Católica, algunas realmente surrealistas, por cierto. No puedo negar que hay gente que no es digna de vestir hábitos, pero lo raro sería que todos fueran incuestionables. Estamos hablando de personas como los demás, con unos votos determinados, pero no de santos en vida. Así que es inevitable que algunos fallen a veces gravemente. Sin embargo yo sigo defendiendo que la inmensa mayoría tienen un comportamiento ejemplar y, por tanto, compensan sobradamente las malas costumbres que puedan tener unos pocos, aunque eso no les disculpe.

miércoles, 2 de enero de 2013

La felicidad

Acabo de leer en Hoy mujer un artículo que habla sobre el último congreso sobre la felicidad organizado por Coca Cola. Viene a decir que el secreto de la felicidad consiste en estar muy ocupado. Explica que, cuando estás concentrado en una labor importante se te pasa el tiempo volando y no te llegan pensamientos negativos. Yo no creo que eso sea ser feliz; eso se llama no pensar en absoluto. Los budistas afirman que la felicidad consiste en la ausencia de dolor. Es decir, que si eliminamos todos aquellos deseos y necesidades que nos producen sufrimiento, ya seremos totalmente felices. Supongo que este artículo viene a basarse en la misma teoría.

También afirma que las personas optimistas son más felices. Eso me recuerda a mi hijo que, cuando era un bebé lloraba mucho porque tenía dolores de tripa. Una vez fui al médico y me dijo que le dolía la tripa porque lloraba, y que más o menos la culpa era mía por darle importancia. Supongo que todo depende del cristal como se mire. Mi libro Mi gran secreto de la felicidad predica absolutamente lo contrario de estas teorías. La felicidad no es algo mágico que se atrae sólo con pensarlo. Tampoco consiste en centrarse en algo y olvidar el resto. La felicidad se consigue con el trato con los demás, amando y siendo amado e implicándose con la vida. No hay más fórmulas.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cuestión de definiciones

A lo largo de estos últimos meses me han dicho que era una mala persona, me han dicho que yo no era una persona; incluso, me han llegado a calificar de tumor. Así que ahora vengo a ser el concepto que tiene Bibiana Aído sobre un feto. No sé si considerarlo un honor... Sin embargo, me temo que voy a decepcionar a muchos: no sólo soy una persona, sino que me considero una buena persona. Y dirán que eso es muy subjetivo y no lo niego. Sin embargo, desde que nací siempre he tenido una conciencia superactiva, siempre he sufrido por lo que les pasaba a los demás y siempre me he avergonzado de mis propias faltas. No sé si se puede considerar mérito mío o simplemente soy así.

No sufro de avaricia, ni de gula. Pereza la justa y la ira la tengo bastante dominada (aunque me ha costado), envidia muy poco y soberbia es difícil teniendo tan baja la autoestima. En cuanto a la lujuria, sólo con mi marido (creo que eso no cuenta). Nunca he hecho mal a nadie conscientemente y sólo me enfado con alguien si lo veo estrictamente necesario, porque me parece peor permanecer callada. Miento lo imprescindible, que suelen ser mentiras piadosas. Por supuesto no he robado ni he matado, ni le deseo a nadie la muerte. Soy una persona tan inofensiva que de hecho la gente suele aprovecharse de mí. Estoy muy lejos de la imagen que transmito en internet. Me temo que si me conocieran no podrían odiarme; más bien me tendrían lástima.

viernes, 28 de octubre de 2011

La impotencia de la vida

Me ha costado encontrar un título que no fuera malinterpretado. Quiero hablar de esas situaciones que se repiten una y otra vez y ya sabes, por experiencia, lo que va a pasar, pero no puedes hacer nada por cambiar las cosas. Cuando pones todo de tu parte para hacer las cosas bien, pero estás casi seguro de que no va a funcionar, porque ya has pasado antes por eso una y otra vez. Cuando no son dos veces, ni cinco, sino varias docenas, las veces que has intentado mejorar la situación, y no has conseguido nada. Y ya sólo te queda esperar que se solucione solo, es decir, un milagro, que no sabes si realmente te mereces. Y según parece el paso del tiempo te demuestra que no.

Lo peor es ver venir el problema desde lejos y saber cómo va a terminar. Hacerse ilusiones de que esta vez será diferente y tener que acabar aceptando la derrota, una vez más. Porque parece que hay temas que es imposible que funcionen, hay cuestiones que nunca serán resueltas por más que lo desees, hay pensamientos imposibles de cambiar en otras personas, hay actitudes que permanecen inamovibles a través del tiempo. Resulta muy frustrante hacerse ilusiones cada vez y tener que reconocer que no tiene solución, que volverás a pasar por lo mismo otras decenas de veces más, con suerte, porque si no simplemente significaría que alguno de los protagonistas ya no está.