Gran sabiduría la de este refrán. Es cierto, en cien años todos estaremos enterrados. Uno tiende a olvidar que la historia se compone de la vida de millones de personas a lo largo de miles de años. Y no somos más que un grano de arena en la playa insignificante. La verdad es que a veces te crees que realmente tienes un papel importante en tu familia, en tu ciudad, en tu país, y lo cierto es que en pocos años no serás más que un anciano, con suerte, aparcado en una residencia. Pero mientras lo estás viviendo parece que todos los acontecimientos tienen una importancia extraordinaria y que nada volverá a ser lo mismo.
Por eso, es interesante leer los escritos romanos y griegos, por ejemplo, y comprobar que ya entonces les preocupaban las mismas cosas. Que el amor, el matrimonio, la fidelidad, el trabajo, ya producían los mismos sentimientos en nuestros antepasados. Porque además realmente no somos más inteligentes que los primeros homo sapiens. Solamente tenemos más conocimiento de lo que nos rodea. Pero nuestra capacidad intelectual, como nuestras emociones, son las mismas que las de los hombres primitivos, y las mismas que tendrán los nietos de nuestros nietos si tienen la suerte de existir. Conviene no olvidar esa realidad.