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Nubes sobre el Mar

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Cuadro pintado por mi hija pequeña
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viernes, 3 de julio de 2015

Las palabras se las lleva el viento

Por eso se dice que hay que dejar todo por escrito para que quede constancia y no haya problemas. La verdad es que el viento se lleva absolutamente todo: las palabras, las situaciones y las personas que las vivieron. Me da lástima cuando veo un mercadillo de cosas antiguas y pienso en la gente que compró esos marcos de fotografía sin saber que algún día acabarían en un mostrador, para que alguien que no los conocía tenga oportunidad de adquirirlos. Las cosas viejas tienen un cierto poso melancólico como de historia vivida. Por eso a mí en principio no me gusta comprar artículos de segunda mano. Me parece que se lo quito a alguien.

Pero no es más que una impresión mía. En otros países es muy habitual ese comercio. Si las cosas acaban en la calle, tanto más las palabras. Cuando me acuerdo de cuánto me han dolido algunas cosas que me han dicho o me he podido arrepentir de haberlas dicho yo, pienso que los humanos realmente somos muy poco realistas. Porque de otro modo nos daríamos cuenta de que nada tiene trascendencia pasada una generación. ¿Quién recuerda ya los nombres de sus bisabuelos, y siendo de la misma familia?. Es triste pero somos todos contingentes. Apenas quedamos en la memoria de los que nos conocieron. Y las palabras, con más razón, desaparecen.

lunes, 20 de abril de 2015

Tocado y hundido

Es una expresión que viene del juego de los barcos. Tocado es cuando te han dado y hundido cuando se hunde el barco. Yo llevo mucho tiempo tocada por la depresión de vez en cuando también me hunde. Esta mañana por ejemplo, hay que ver lo que me ha costado vestirme y salir a la calle, total a comprar unas pastillas a la vuelta de la esquina. Me he tenido que sobornar a mí misma con un café, y eso que hacía un día estupendo, o tal vez precisamente por eso. Porque parece que la primavera me pone más melancólica. Parece que invita a salir acompañado y yo no tengo habitualmente con quien ir por las mañanas. Voy sola.

Cuando era jovencita es cuando peor lo pasaba, a pesar de que solía ir con mis padres y mi perro. Pero veía a otros jóvenes con amigos o con pareja y me preguntaba cuál era mi problema para que nadie quisiese ir conmigo. Aunque la verdad es que era yo la primera demasiado selectiva. Al menos tenía la suerte de poder salir de paseo,  siendo una suerte relativa porque además era muy alérgica y lo pasaba mal en los parques. Pero, lo tomas o lo dejas, era mi única manera de disfrutar un poco de la naturaleza en buena compañía.  Así que supongo que mi depresión ya se estaba gestando por entonces aunque yo no me diera cuenta todavía.




sábado, 18 de abril de 2015

El tiempo vuela

He salido a pasear por los parques donde llevaba a mis hijos cuando eran pequeños. Suena a tópico pero es cierto que el tiempo vuela sin darte cuenta. En su momento parecía que no pasaría nunca, que estaríamos toda la vida de parque en parque. Y allí siguen los lugares con otros niños, porque los míos ya tienen edad para ser padres (en otros lugares del mundo). Me da cierta nostalgia y melancolía volver a esos lugares sin mis niños, pero al mismo tiempo me alegro de pensar que hemos superado esa etapa, lo cual significa que están bien, que la vida sigue su curso natural. Espero algún día poder volver a visitar los parques con mis nietos, si Dios quiere.

El tiempo vuela y a veces me parece mentira pensar que ya no estoy en los treinta ni en los cuarenta, sino más cercana ya a los cincuenta. Por dentro, como suele pasar, me sigo sintiendo una veinteañera. Por eso creo que es importante recordar que sólo se vive una vez y el tiempo que se desperdicia no regresa. Tampoco se trata de ir a lo loco, como decia el otro día, pero sí intentar aprovechar las oportunidades y sobretodo pasar tiempo con tus seres queridos. Si pudiera volver atrás creo que hubiera estudiado más y me hubiera relacionado más con la gente. Como no se puede, al menos espero aprovechar bien el tiempo que me quede.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un mundo

Si me dieran un euro por el esfuerzo que hago algunos días para levantarme de la cama, o al llevar a mi hija al colegio, al colgar la ropa, al hacer la compra o la comida... No es que haga muchas cosas sino que me cuesta mucho hacerlas. Ahora, con el buen tiempo, debería sentirme más animada, pero mi enfermedad es tan terca que parece que la primavera me provoca más melancolía. No tengo remedio. Dos euros tendrían que darme por ir a clase de inglés o a la gimnasia, si fuera proporcional al esfuerzo de voluntad que tengo que hacer, pero afortunadamente no es así o iba a arruinar a alguien y a hacerme millonaria.

Hay días que me cuesta un mundo comer, ducharme, cambiarme de ropa. Quien no lo haya vivido no lo puede entender. Me siento una inútil. Generalmente el ordenador me ayuda a ponerme en marcha pero existen temporadas en que no quiero ni verlo, ni mucho menos escribir. Así llevo ya unos cuantos años y supongo que no tiene solución, pues ni las pastillas consiguen que mantenga el ritmo. Sólo me hacen arrancar por las mañanas. Me consuelo pensando que lo poco que hago tiene más mérito al costarme más; así que supongo que irá sumando en mi cuenta de resultados, o eso espero. Pero eso no evita que me sienta culpable.

martes, 11 de junio de 2013

Melancolía

Cuando leo blogs de madres de niños pequeños me suena como algo lejano. Cuando veo fotos de esa época me sorprende que sea yo y mi marido y mis hijos jugando en la playa, por ejemplo. A veces incluso dudo de haber criado tres hijos, a pesar de que recuerdo perfectamente los buenos y los malos momentos. Pero la realidad ha cambiado tanto en estos últimos tres años que todo aquello queda perdido en una nebulosa y me parece que lo he soñado. Tengo unos sueños muy vívidos y no es extraño que a menudo dude sobre si algo realmente me ha pasado o solamente fue un sueño. Sin embargo, es duro dudar sobre la infancia de tus hijos.

Y es que estábamos tan unidos los cinco, que íbamos juntos a todas partes. Yo creo que en el barrio nos conocían como la familia que iba siempre en grupo; a la compra, de paseo, al cine. En casa mis hijos jugaban juntos horas y horas a pesar de las diferencias de edad y de sexo, a juegos que ellos mismos inventaban; incluso escribían historias y las representaban. Se pasaban el tiempo leyendo o viendo películas los tres juntos, lo mismo si eran infantiles como juveniles. Encontraron una manera para compartirlo todo. Y ahora que cada uno va por su lado, aunque las niñas todavía se relacionan más, no me extraña que me pueda la melancolía.

lunes, 15 de abril de 2013

Preguntas sin respuesta

Tal vez no debería escribir cuando estoy melancólica. Luego me dicen que soy muy negativa. Pero es que echo la vista atrás y me pregunto si realmente he hecho algo que mereciera la pena. Fui una niña muy solitaria. Los primeros diez años de mi vida me parecieron veinte. Realmente hasta los dieciocho no empecé a sentirme dueña de mi destino. Pero, cuando hago balance, sólo recuerdo mi matrimonio y mis hijos, y ni siquiera eso estoy segura de haberlo hecho todo lo bien que debería. No creo que mi paso por el mundo haya influido realmente a muchas personas.

Estudiar idiomas me gusta, pero no es útil si no puedes practicarlos. Leer me llevó mucho tiempo y ya no me atrae. Viajar está bien, pero tampoco se trata de huir de la rutina. Internet me abrió otro mundo, pero me temo que ya no me queda mucho que descubrir. Así que llevo un tiempo pensando qué quiero hacer con el resto de mi vida y no encuentro una respuesta. Tal vez sólo iré a dónde el destino me lleve. A veces tengo la impresión de que nunca he tenido tantas posibilidades reales de elegir. Sigo una senda marcada de antemano.

No he visitado los enlaces porque he estado fuera un par de días. Besos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Una nueva etapa

Una de las cosas más duras que tiene la vida es cuando te das cuenta de que nada volverá a ser como antes. No es porque las circunstancias hayan cambiado, se trata solamente del paso del tiempo. La montaña y la playa siguen estando en su sitio donde llevan miles de años ya han visto pasar a tantas generaciones, pero nuestros hijos ya no son niños y no podremos ir en familia, al menos no como antes. Ya no tienen sentido los juegos de bolas de nieve o saltar juntos las olas, o construir castillos de arena. Es el fin de una etapa que hemos disfrutado mucho y a fondo pero que tenía que terminar tarde o temprano. Cuesta aceptarlo.

Espero que algún día podamos volver a empezar con nuestros nietos, pero seguirá sin ser igual porque nosotros tampoco somos los mismos. El cuerpo no responde igual con treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años. Es curioso como hay cosas que parece que van a durar para siempre, y a veces incluso ya te cansan; y cuando ves que ya no las vas a repetir, te invade una melancolía difícil de calmar. Pero cada etapa tiene sus propias ventajas e inconvenientes. Como solía decir mi abuelo,  ya casi estamos para "sopitas y buen vino". Pues bienvenidos sean ambos. Ahora creo que estoy pasando lo que llaman la crisis de la madurez.

lunes, 16 de julio de 2012

Arriba y abajo

Como en esta famosa serie, nuestras vidas tienen estancias superiores e inferiores. Yo me repito a mí misma que el deber de un buen cristiano es ser feliz y mostrarse así ante el mundo. Porque, ¿qué sentido tendría decir que conozco el secreto de la felicidad si luego me ven triste y cabizbaja?.  Pero cada cual vive con el carácter con el que ha venido al mundo y el mío es taciturno y melancólico. A pesar de que hago grandes esfuerzos por vivir en el presente, no puedo evitar que los recuerdos de la gente que ya no está o el temor por lo que depare el futuro a veces me sumerjan en un humor tristón que, aparte de todo, me hace sentirme culpable por no valorar más lo que tengo.

Me gustaría al menos saber expresar el torbellino de sentimientos que me rodean. Me gustaría encontrar la magia de las palabras que otorga a cada momento toda la fuerza y realismo que se merecen. A veces siento que navego sobre un mar profundo y son incapaz de sondearlo. Quisiera poder transmitir cada suspiro, cada mirada de pesar, cuando momento de entusiasmo, la pasión de vivir y la paz que recibo de la naturaleza. Pero sobretodo desearía poder expresar el manantial puro de amor que a veces me anega y la sensación de ser parte de un todo, con todos.  Siento lástima por aquellos que nunca han sentido algo así, pero yo no soy capaz de reproducirlo en palabras.