Una de las cosas más duras que tiene la vida es cuando te das cuenta de que nada volverá a ser como antes. No es porque las circunstancias hayan cambiado, se trata solamente del paso del tiempo. La montaña y la playa siguen estando en su sitio donde llevan miles de años ya han visto pasar a tantas generaciones, pero nuestros hijos ya no son niños y no podremos ir en familia, al menos no como antes. Ya no tienen sentido los juegos de bolas de nieve o saltar juntos las olas, o construir castillos de arena. Es el fin de una etapa que hemos disfrutado mucho y a fondo pero que tenía que terminar tarde o temprano. Cuesta aceptarlo.
Espero que algún día podamos volver a empezar con nuestros nietos, pero seguirá sin ser igual porque nosotros tampoco somos los mismos. El cuerpo no responde igual con treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años. Es curioso como hay cosas que parece que van a durar para siempre, y a veces incluso ya te cansan; y cuando ves que ya no las vas a repetir, te invade una melancolía difícil de calmar. Pero cada etapa tiene sus propias ventajas e inconvenientes. Como solía decir mi abuelo, ya casi estamos para "sopitas y buen vino". Pues bienvenidos sean ambos. Ahora creo que estoy pasando lo que llaman la crisis de la madurez.