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Nubes sobre el Mar

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Cuadro pintado por mi hija pequeña
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sábado, 4 de abril de 2015

Lo que me faltaba por ver

Es lo que se dice cuando ya has llegado al límite de ver cosas que no te gustan. Por ejemplo, a mí lo que me faltaba era ver embriones humanos de tres padres, como han creado en Gran Bretaña. Hay veces en que llegas a un punto en que pierdes ya la fe en la humanidad. Los hijos a la carta son el colmo de la degradación humana. Pero el otro día nos decían en misa que los momentos difíciles cuando crees que ya no puedes soportar más, son precisamente las mejores ocasiones para ponerte en contacto con Dios y conocerte mejor a ti mismo. Esas pruebas que nos llevan al límite nos hacen valorar más lo que tenemos y lo que somos.

Una persona que siempre ha tenido una vida fácil es más complicado que pueda llegar a comprender y compadecer a personas en otras circunstancias. Como quien nunca se hubiera constipado no podría valorar lo que es un catarro. Por eso creo yo que a veces fallan los matrimonios precisamente porque no han pasado por dificultades. Cuando no existen problemas ni conflictos cuesta más distinguir la felicidad, porque te acostumbras a ella sin más. Los momentos de sufrimiento y preocupación son pruebas que fortalecen a la pareja si son capaces de superarlos juntos. También son momentos para encontrar a Dios. Por eso no se debe rehuir las dificultades.

lunes, 16 de febrero de 2015

La media naranja

Yo soy una romántica empedernida, así que creo en la existencia de la media naranja. Pero también pienso que hay que estar receptivo para encontrarla. Hay que saber esperar a la persona adecuada y no conformarse con menos. Creo que muchos fracasos se deben a la precipitación a la hora de elegir pareja. Parece que nuestra sociedad incita a estar emparejados e, incluso en el colegio,  quien no tiene novio se siente un bicho raro. Eso ya lo viví yo hace treinta años y ahora es peor. Sin embargo, también es cierto que quien tiene pareja disfruta más, pero también sufre más cada vez que la relación fracasa, como suele suceder frecuentemente.

Por eso digo que para descubrir a la verdadera media naranja hay que tener paciencia. Observar, comparar y elegir. Además hay que asegurarse de que el otro siente lo mismo y no es fácil. Las relaciones por internet en su gran mayoría no permiten esto. Siempre hay la excepción que confirma la regla, pero muchos están allí buscando sólo relaciones sexuales esporádicas, aunque naturalmente no lo digan, porque no son tontos. De modo que buscar el amor en internet es como encontrar una aguja en un pajar. A la gente sólo se le llega a conocer bien en persona. Lo demás son maneras de pasar el tiempo pero con pocas probabilidades de éxito.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Cría cuervos y te sacarán los ojos

Éste es un refrán muy duro y muy real. Cuando mis hijos eran pequeños yo pensaba que lo tenía todo controlado y que bastaba con darles cariño a raudales para recibir lo mismo. Pero llegó la temida adolescencia y tuve que escuchar las palabras que creí que nunca escucharía: estás loca, eres la peor madre del mundo, te odio, sólo vives para hacerme la vida imposible... Por eso, alguna vez que me han hecho comentarios duros en el blog he respondido que no sería peor que lo que me decían en casa. Porque por supuesto duelen mucho más las palabras de un ser querido que las de un extraño, aunque sepas que se va a arrepentir al momento.

Porque los adolescentes son así, de explosiones, y luego vienen como gatitos a frotarse contigo y hacerte carantoñas como si nada hubiera pasado, y es realmente muy duro pero te acabas acostumbrando. Afortunadamente, yo ya pasé esa época terrible, espero, y hemos vuelto a una relación sostenible. Pero es cierto que los hijos son las personas que más satisfacciones te pueden dar y también las que más te hacen sufrir. Porque no es sólo que ellos lo pasen mal también, sino que tú te sientes realmente responsable de la situación. Pero afortunadamente las aguas suelen volver a su cauce con el tiempo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Contra el aborto, una vez más

He escrito tantas veces contra el aborto que ya no sé cómo abordarlo. Tal vez podría empezar por decir que cuando yo era adolescente realmente pensaba que el aborto no tenía ninguna importancia, que sólo se trataba de acabar con una célula. No fue hasta mucho más tarde cuando me di cuenta de que realmente abortar es matar a tu propio hijo. Porque es cierto que todos hemos empezado siendo una sola célula, pero una célula con la capacidad implícita de desarrollarse y llegar a ser un ser humano completo absolutamente distinto de cualquiera que haya podido existir antes o después, y un hijo de nuestros padres y no de cualquier otro.

Por eso, cuando exigimos al gobierno en su momento que no aprobara la ley del aborto para situaciones límite, que era un coladero en la práctica para cualquier caso. Cuando más tarde nos opusimos a que se ampliara la ley hasta conseguir el aborto libre y gratuito hasta las catorce semanas de embarazo. Y cuando finalmente ahora nos manifestamos para que se derogue al menos la segunda de las leyes; no lo hacemos por razones políticas ni religiosas, como muchos quieren dar a entender. Lo hacemos por razones puramente científicas. Porque millones de personas en el mundo han sido ya eliminadas antes de nacer en el peor genocidio que ha conocido la historia de la humanidad.

Y muchos de ellos, no nos engañemos, no eran ya células, sino diminutos seres humanos con todos sus órganos vitales, con piernas, brazos, manitas y un corazón palpitante, y ni siquiera estamos seguros de que no sufran en el proceso. En algunos casos incluso son asesinados (no hay otra palabra), pasados los tres meses de gestación y casi a término, porque no son considerados aptos para los estándares de perfección de nuestra sociedad. En algunos países se obliga a las madres a abortar. Y en todos los casos, la mujer queda con unas secuelas físicas y psicológicas de por vida, aunque algunas no lleguen a reconocerlo nunca.


jueves, 30 de mayo de 2013

Situaciones límite

No me gustan los deportes de riesgo. Tengo vértigo y claustrofobia y no le encuentro ningún sentido a viajar a un lugar lejano para poner en riesgo tu vida; llámese alpinismo, rafting, puenting o lo que sea. Sin embargo desde muy pequeña la vida me ha colocado en situaciones límites. Son cosas que no voy a contar aquí por razones evidentes de anonimato, pero puedo asegurar que he sufrido mucho y he experimentado bastante más de lo que hubiera querido vivir. Desde presenciar un intento de suicidio a sufrir yo misma uno de asesinato. Pasando por depresiones, drogadicción, alcoholismo, anorexia, paranoia, extremismo, enfermedades, accidentes, separaciones, abortos...

Me pregunto si todo el mundo a lo largo de su vida acaba siendo testigo de esta clase de situaciones o si he tenido de alguna manera un privilegio especial, que me permite ahora opinar con conocimiento de causa casi sobre cualquier tema, aunque haya sido en carne ajena afortunadamente la mayor parte de los casos. Por eso comprendo tan bien ahora cualquier tipo de sufrimiento del que pueda ser testigo. Siempre existe alguna situación parecida en mis recuerdos. Sólo las conoce mi psicóloga, protegida por el secreto profesional. Nunca más las voy a relatar, pero eso no significa que mi vida haya sido un lecho de rosas (sin espinas). Todos guardamos fantasmas en el armario.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Amar hasta que duela

Eso decía la Madre Santa Teresa de Calcuta. Cuanto más se ama, más se sufre. A veces me pregunto si mi depresión tiene remedio o si sirven de algo tantas pastillas, cuando tendrían que recetarme algo de amnesia. Pero una vida sin recuerdos no vale la pena. No puedo evitar seguir queriendo a la gente que no se acuerda de mí o incluso a los que me desprecian. No puedo evitar sufrir por las injusticias, el hambre y la guerra en el mundo. Cuando pienso en las personas que mueren cada día por enfermedades evitables, por violencia, o por abortos antes de nacer, es como si me clavaran miles de agujas microscópicas, que me siento ya como un acerico y no me quedan huecos libres en todo el cuerpo para más.

Sé que no me sirve de nada ese dolor. Que las cosas son como son y yo no tengo poder para cambiarlas. Sufro por los ancianos solos en las residencias a los cuales nadie visita, por los enfermos crónicos a los que nadie consuela. Sufro por tantas muertes inesperadas en accidentes o enfermedades graves. Pero, es que cada otoño, además, me acuerdo  de los polluelos que han nacido al final del verano y, posiblemente, no puedan sobrevivir a las primeras lluvias y fríos. Me apeno incluso por los árboles que florecen antes de tiempo en invierno y al poco pierden sus flores en las heladas. Tengo presentes también a los insectos, a los que me niego a matar si no es imprescindible. A veces pienso que cargo con el dolor del mundo sobre mis espaldas, pero, si no lo hiciera, no sería yo misma.