He escrito tantas veces contra el aborto que ya no sé cómo abordarlo. Tal vez podría empezar por decir que cuando yo era adolescente realmente pensaba que el aborto no tenía ninguna importancia, que sólo se trataba de acabar con una célula. No fue hasta mucho más tarde cuando me di cuenta de que realmente abortar es matar a tu propio hijo. Porque es cierto que todos hemos empezado siendo una sola célula, pero una célula con la capacidad implícita de desarrollarse y llegar a ser un ser humano completo absolutamente distinto de cualquiera que haya podido existir antes o después, y un hijo de nuestros padres y no de cualquier otro.
Por eso, cuando exigimos al gobierno en su momento que no aprobara la ley del aborto para situaciones límite, que era un coladero en la práctica para cualquier caso. Cuando más tarde nos opusimos a que se ampliara la ley hasta conseguir el aborto libre y gratuito hasta las catorce semanas de embarazo. Y cuando finalmente ahora nos manifestamos para que se derogue al menos la segunda de las leyes; no lo hacemos por razones políticas ni religiosas, como muchos quieren dar a entender. Lo hacemos por razones puramente científicas. Porque millones de personas en el mundo han sido ya eliminadas antes de nacer en el peor genocidio que ha conocido la historia de la humanidad.
Y muchos de ellos, no nos engañemos, no eran ya células, sino diminutos seres humanos con todos sus órganos vitales, con piernas, brazos, manitas y un corazón palpitante, y ni siquiera estamos seguros de que no sufran en el proceso. En algunos casos incluso son asesinados (no hay otra palabra), pasados los tres meses de gestación y casi a término, porque no son considerados aptos para los estándares de perfección de nuestra sociedad. En algunos países se obliga a las madres a abortar. Y en todos los casos, la mujer queda con unas secuelas físicas y psicológicas de por vida, aunque algunas no lleguen a reconocerlo nunca.