Eso decía la Madre Santa Teresa de Calcuta. Cuanto más se ama, más se sufre. A veces me pregunto si mi depresión tiene remedio o si sirven de algo tantas pastillas, cuando tendrían que recetarme algo de amnesia. Pero una vida sin recuerdos no vale la pena. No puedo evitar seguir queriendo a la gente que no se acuerda de mí o incluso a los que me desprecian. No puedo evitar sufrir por las injusticias, el hambre y la guerra en el mundo. Cuando pienso en las personas que mueren cada día por enfermedades evitables, por violencia, o por abortos antes de nacer, es como si me clavaran miles de agujas microscópicas, que me siento ya como un acerico y no me quedan huecos libres en todo el cuerpo para más.
Sé que no me sirve de nada ese dolor. Que las cosas son como son y yo no tengo poder para cambiarlas. Sufro por los ancianos solos en las residencias a los cuales nadie visita, por los enfermos crónicos a los que nadie consuela. Sufro por tantas muertes inesperadas en accidentes o enfermedades graves. Pero, es que cada otoño, además, me acuerdo de los polluelos que han nacido al final del verano y, posiblemente, no puedan sobrevivir a las primeras lluvias y fríos. Me apeno incluso por los árboles que florecen antes de tiempo en invierno y al poco pierden sus flores en las heladas. Tengo presentes también a los insectos, a los que me niego a matar si no es imprescindible. A veces pienso que cargo con el dolor del mundo sobre mis espaldas, pero, si no lo hiciera, no sería yo misma.