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Nubes sobre el Mar

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Cuadro pintado por mi hija pequeña
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viernes, 5 de junio de 2015

Tener la mosca tras la oreja

Curiosa expresión que significa que sospechas algo, como cuando oyes un zumbido y no ves a la mosca pero sabes que está ahí. En sentido literal yo me temo que no oigo nada bien. Es otro de mis problemas de salud. Pero en este sentido tengo un oído muy fino. Me temo que siempre tengo la mosca tras la oreja y a veces preferiría realmente no enterarme de las cosas como me entero. Ya sé que está mal que lo diga pero soy más inteligente de lo normal, o lo era, porque he perdido mucho, pero lo que conservo es precisamente este sexto sentido que hace que me de cuenta de las cosas incluso antes de que tengan lugar.

También me considero una buena persona, tal vez demasiado buena y por eso mismo tengo un detector inmediato para las personas que actúan llevadas por la envidia, el rencor o la avaricia. Digamos que soy una experta en el mal en general porque lo veo venir de lejos. Cosa que tampoco me gusta nada, pero qué le voy a hacer si soy así desde niña. Detecto las malas intenciones inmediatamente, aunque a menudo no pueda hacer nada por evitar las consecuencias. Ojalá tuviera la misma capacidad para convencer a los demás de que cesen en su actitud. Eso también tiene mucho que ver con mi tendencia a la depresión. Resulta difícil ser positiva así.

jueves, 28 de mayo de 2015

Dar con queso

Se trata de engañar con sutileza. Imaginad que conocéis a una persona que habitualmente miente más que habla, pero no de forma directa sino con medias verdades. Suponed que la conocéis de toda la vida y siempre ha sido así. Que tiene cientos de amigos mientras que tú eres un paria. Y sabes que miente porque le pillas en todas pero no puedes demostrarlo. Y cuando dices algo la gente te mira como diciendo: ya está aquí la envidiosa, y algo de eso hay. Pero el caso es que engaña a todo el mundo y se sale con la suya. Lleva dando con queso más de cincuenta años y resulta muy desesperante. Y yo esperando inútilmente que algún día se sepa.

Hay maestros del engaño, tal vez porque ellos mismos no distinguen muy bien dónde está la verdad o se justifican de mil maneras. Con unas personas pueden ser ángeles, con otras demonios, o ambos alternativamente. Son gente inteligente para poder mantener tanta farsa y que no se note. A mí es gente que me descoloca completamente porque yo soy incapaz de planear, de fingir y pretender ser otra cosa y menos aún, una distinta con cada persona. Va absolutamente en contra de mi manera de ser. Por eso no sé cómo afrontarlo. Así que he optado por hacer como que no me entero. Total, nadie me iba a creer de todas formas.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Entrenando el cerebro

Cuando era jovencita me bastaba con oír una canción una vez para quedarme con la letra. También aprobaba sólo con lo que escuchaba en clase. Me temo que desperdicié esa capacidad y la perdí con los años. He leído libros de cientos de páginas en poco tiempo, incluso en otros idiomas. Ahora apenas me concentro para seguir un artículo en una revista. Aun así me he impuesto la obligación de seguir haciéndolo, al igual que sigo muchos blogs y escribo a diario. No sé si evitará que pierda la poca capacidad de retención que me queda, pero por intentarlo no será. Por eso voy a clase de inglés. Creo que el cerebro hay que entrenarlo como el cuerpo o aún más.

Así que cada semana me quedo con las revistas que me pasa mi madre del dominical del periódico y procuro leérmelas al menos por encima y algunos reportajes a fondo. Me sirven para sacar información e ideas para mis blogs. Ahora también leo algunos titulares de periódicos cuando entro a comentar. Sin embargo, me temo que los libros los he dejado de lado. Así que cuando veo reseñas de otros blogueros me siento un poco culpable. Acabo de leer un artículo que habla sobre la posibilidad de estimular zonas dormidas del cerebro. Espero que no sea tarde. Me temo que físicamente tengo la batalla bastante perdida, así que al menos espero poder mantenerme mentalmente.

jueves, 27 de febrero de 2014

Los dispositivos electrónicos y la inteligencia

Hay épocas en que no tengo ganas de escribir, generalmente cuando estoy de horas bajas, y otras en que siento una verdadera necesidad, como hoy. El problema es que realmente no tengo un tema elegido. Entonces suelo mirar las noticias y me inspiro, aunque la mayoría de las veces son cosas sobre las que ya he escrito antes desde otro ángulo. Es extraño porque, así como podría escribir todo el día sin parar sobre mis pensamientos, soy incapaz de inventar una historia ficticia. Las capacidades del cerebro son todo un misterio y todavía están por descubrir. Por eso es tan complicado medir realmente el nivel de inteligencia.

He escrito muchas veces sobre los dispositivos electrónicos que dominan actualmente nuestras vidas, desde el ordenador al móvil, pasando por las tablet. Aunque en el fondo todo viene a ser lo mismo, ordenadores de diferentes tamaños. Hay quien asegura que estimulan la inteligencia. Yo no lo creo. Es posible que mejoren la habilidad manual y la coordinación, especialmente los juegos. Pero perjudican el aspecto verbal de la inteligencia. En primer lugar, porque no es lo mismo comunicarse por móvil que relacionarse en persona. En segundo lugar, porque el lenguaje escrito del whassap y demás es muy limitado. Creo que están empobreciendo nuestras vidas.

jueves, 23 de mayo de 2013

Los diferentes

Cuando era niña, siendo la menor de cinco hermanos, no comprendía por qué era incapaz de nada tan bien como ellos. No servía de mucho que me dijeran que esperara a ser mayor. Un niño no entiende de tiempo. Pero fue peor cuando, al cabo de los años, me di cuenta de que seguía sin ser capaz de hacer nada tan bien como mis hermanos lo habían hecho. Siempre fui más débil, más lenta, más torpe... Tanto que mis padres llegaron a pensar que era algo retrasada. Naturalmente, no me lo decían. Dejaban que aprendiera a mi aire, pero mi autoestima se resentía. No entendía por qué razón me sentía tan diferente de mis hermanos, de mis compañeros, de todos en general.

En clase tenía otro problema, pero no porque no entendiera, sino porque entendía todo demasiado rápido; así que me aburría mucho y acababa por no prestar atención, perdida en mis propios pensamientos. Así que mis resultados siempre fueron pasables y nunca brillantes. Al no tener que esforzarme tampoco le daba ningún valor al estudio. Estaba desmotivada. No le encontraba alicientes a las buenas notas. Ya por entonces solía escribir mis pensamientos en cualquier hoja en blanco. Reflexiones sobre la soledad y mis problemas de relación que finalmente acababan en la basura a falta de un mejor destino.

¿Por qué cuento esto ahora?. Tal vez porque pienso que existen muchas otras personas como yo. Personas que llegamos a pensar que aquello era normal porque no conocíamos otra cosa. Cuando al fin la vida me ha dado capacidad de decisión, experiencia y una familia propia, es cuando he sido consciente de hasta qué punto mi infancia y juventud fueron diferentes de lo habitual. Me ha costado veinte años comprenderlo. No creo que hubiera podido cambiar lo que pasó pero al menos espero poder perdonarme a mi misma por no ser normal.