El otro día vi una entrevista a unos jóvenes que se han ido a vivir a Inglaterra a trabajar en un bar. Decían que allí ganaban mucho más, pero también es un país mucho más caro. Lo que no decían es que probablemente comparten un piso pequeño con derecho a cocina y baño, y que tienen que trabajar toda la semana. Probablemente no estarían dispuestos a hacer lo mismo en España y que les vieran sus vecinos viviendo hacinados, trabajando sin horario y cobrando una miseria. Pero en un país extranjero no les importa. Es una aventura. Aquí sólo hacen esa clase de trabajos los inmigrantes extranjeros. Nuestros jóvenes no los quieren.
Por eso me extrañó el otro día que, por una vez, vino a traerme la compra del supermercado un chico español, y no el típico extranjero de mediana edad. Pensé que tal vez las cosas están cambiando. Parece ser que el gobierno ha sacado un contrato ventajoso para jóvenes nini y puede ser que empiecen a colocarse al fin en los trabajos que no querían, en los que solamente están dispuestos a ejercer en el extranjero. Claro que los sentiría por los inmigrantes que los han estado ocupando hasta ahora, pero me temo que sea la única manera posible de recuperar a una generación que tiene más orgullo que sentido común.