Estaba esperando en el coche a mi hija a la salida del colegio cuando vi en el coche de al lado a una pareja. Ella podría haber pasado por una chica de veinte años mirándola de lejos, pero de cerca como estaba yo se notaba que andaba por los sesenta. Pelo rubio platino con extensiones, maquillaje y labios de botox, gafas oscuras a la moda. Me dió lástima porque además no se la veía muy feliz. Estaban allí los dos juntos sin hablarse. Desde luego no puedo negar que la estética ha hecho milagros en los últimos tiempos, pero me pregunto hasta qué punto le ha valido la pena el esfuerzo y el sufrimiento de las operaciones.
Cuando saco este tema siempre tengo problemas, pero sigo pensando lo mismo. Cada cual tiene que vivir en su propia edad y esto incluye los cambios en el cuerpo y en la cara. Lo cual no quita para arreglarse en lo posible, taparse las canas, un poco de pintura. Pero no hasta el punto de parecer un maniquí de escaparate, una muñeca de plástico. La miraba y me parecía estar sentada junto a una Barbie de tamaño natural. Nuestra sociedad que prima la juventud y la belleza tiene la culpa de que algunas personas no se resignen al paso del tiempo. Pero es que todo esto es un negocio además que mueve millones de euros y por eso no hay quien lo pare y menos en estas fechas.