Ya sé que es un poco macabro pero a veces me da por pensar en qué memoria quedará de mí cuando no esté. Me conformaría con el clásico letrero de: tu esposo y tus hijos te echan de menos y ruegan una oración por tu alma. Pero aparte de eso, que es lo más importante, me pregunto qué más va a quedar. Porque mis tres títulos medios de idiomas no me van a servir para mucho. Tampoco los más de diez libros. Los ocho años que me he pasado hasta hora escribiendo mis pensamientos y las miles de personas que los han leído, eso desaparecerá completamente. Es lo que tiene internet, que es inmediato. En pocos meses ya no existe.
Dicen que lo que cuenta es el recuerdo que dejas en las personas que te conocieron, pero me temo que en un par de generaciones el recuerdo ya es mínimo. Yo apenas sé nada ya de mis abuelos, incluso del que vivía en mi casa. Por eso a mí eso del recuerdo tampoco me consuela. Y, por cierto, no es que tenga nada grave que yo sepa. Quedan tus cosas, algunas las heredan los parientes, pero la mayoría me temo que acaban en la basura. Es triste, pero sólo tienen valor para ti. Las fotografías, los tesoros acumulados, los juguetes, los libros... Casi mejor no pensarlo. Quiero creer que al menos el amor perdura, que es inmortal y eterno.