Deberíamos venir programados desde niños para aceptar la muerte, igual que aceptamos la necesidad de respirar, alimentarnos o evacuar. Es algo natural e ineludible. ¿Entonces por qué no aceptamos que tenemos que morir?, y lo que es mucho peor, que las personas que nos rodean también tendrán que hacerlo y todos los seres vivos. Incluso cuando se trata de alguien tan mayor y tan acabado ya como era mi padre, que en paz descanse, cuesta mucho hacerse a la idea. Han pasado más de dos meses y aquí sigo pensando que está sentado en su sillón viendo la tele. Sólo cuando entro en la habitación y no le veo comprendo que mi mente me engaña.
Para alguien con fe debería ser un consuelo pensar que sólo la carne ha muerto y el espíritu sigue vivo. Y lo es hasta cierto punto, pero sólo hasta que uno sigue echando de menos el contacto físico, las miradas, las palabras del que ya no está. Y sus cosas siguen distribuidas por toda la casa. Su coche sigue aparcado en la calle. La música que le gustaba seguirá sonando. Los sitios por donde paseaba siguen ahí y otras personas pasearán por allí sin sentirlo. Y algún día también nosotros no seremos más que un conjunto de objetos y recuerdos. Cuanto antes aprendamos a asumirlo tanto mejor. Sin embargo, me temo que es superior a nuestras fuerzas.