Se ha puesto de moda, como tantas cosas, eso de congelar los óvulos para poder ser madre más adelante cuando no interfiera con tu trabajo. En primer lugar, la congelación no garantiza una buena conservación del material. Muchos se malogran. En segundo lugar, al congelar cuatro o cinco está claro que algunos no va a ser utilizados y los embriones sobrantes acabarán en la basura. En tercer lugar, a lo que iba yo, es que ser madre a los cuarenta es prácticamente ser abuela. Yo lo sé de primera mano porque mi madre me tuvo con treinta y ocho años y noté mucho la diferencia, que mi madre ya no ejercía de tal como una mujer joven.
Ni las energías, ni la paciencia, ni el tiempo que se puede dedicar es el mismo a los veinte años que a los cuarenta. Yo tuve a mi primer hijo con veintiséis y aun así estaba todo el día agotada. No quiero ni pensar que lo hubiera tenido más tarde. Pero además no resulta justo para un niño encontrarse con que a los diez años su madre ya tiene cincuenta, a los veinte sesenta y, a los cuarenta, ochenta. Como me ocurrió a mí. Hay relaciones y experiencias que sólo se pueden compartir cuando las edades son más cercanas. Por eso creo que es un gran error retrasar la maternidad, y puestos a elegir, desde luego, yo primaría la familia sobre el trabajo. De hecho ya lo hice.