A veces pienso que nací en el país equivocado porque parezco alemana y me comporto como tal. Desde siempre, tengo la necesidad de llegar a las citas antes de la hora, con lo cual, me toca esperar el doble. Si sumara la cantidad de minutos de retraso que he sufrido en mi vida, supongo que serían varias horas. Y es que la puntualidad parece que está mal vista en España. En la ciudad en la que vivo a ciertas horas del día es mejor no asomar el coche fuera del garaje. La gente sale con la hora justa de casa y pretenden que los hados estén a su favor, que no haya coches en la carretera y todos los semáforos les pillen en verde. Pero la realidad es que suelen encontrar atasco y van como desesperados intentando recuperar minutos a cualquier precio.
Pero lo curioso es que, a la salida de trabajo, también van estressados; no sé si por costumbre o porque tienen que recoger a sus hijos. El caso es que todavía hay pocos accidentes para la manera en que conduce la gente en hora punta. Por evitar esta situación, yo me levanto diez minutos antes y dejo a mis hijas en el colegio con un cuarto de hora de margen. Así voy más tranquila. Esa costumbre de empezar más tarde de la hora, también se ha extendido a los espectáculos y demás eventos sociales, y a mí me sigue pareciendo de mala educación. En otros países europeos, desde luego, no sería admisible. Para mí, la puntualidad es algo tan intrínseco que incluso el día de mi boda llegué tan pronto que, si me descuido, aparezco allí antes que el novio.