La vida es una larga etapa de aprendizaje. Lo malo es que cuando ya has aprendido lo que necesitabas saber ya no te queda tiempo para comprobarlo. Cuando eres niño crees que ya lo sabes todo, cuando eres adolescente con más razón. Llegas a la juventud y empiezas a dudar de lo que sabías y en la edad madura te das cuenta del tiempo que has perdido por caminos errados. Entonces te queda el consuelo de pensar que ya sabes al menos lo que no te interesa. Pero el problema es que no se puede volver atrás y no te queda más que resignarte a seguir por la ruta que has trazado, porque ya no quedan bifurcaciones y ya no puedes elegir.
Y lo peor del asunto es que todos seguimos la misma hoja de ruta generación tras generación y todos creemos estar haciendo algo original y único. Pero todavía podemos considerarnos afortunados. Porque una persona nacida en el primer mundo aún puede tomar decisiones, cambiar sus objetivos y volver a empezar en algún momento. En los países pobres la gente nace practicamente sin opciones. Y tal vez por eso a veces son más felices que nosotros. Porque elegir un camino y equivocarse conlleva arrepentimiento pero, si no has tenido opción, al menos te libras del cargo de conciencia. Alguna ventaja tenía que tener.