Cuando era niña no recordaba nunca mis sueños. Ni siquiera estaba segura de haber soñado. Sin embargo ahora los recuerdo casi todos y a color y con todo detalle, incluso demasiado. Me levanto de la cama con una sensación tan vívida que a veces temo confundir lo que he soñado con lo que realmente me ha ocurrido. Últimamente también mientras estoy dormida tengo mis dudas sobre si es realidad o sueño y eso me agobia bastante. Puede que sea un efecto de las muchas medicinas que tomo a diario, incluidos remedios naturales. Me gusta recordar algo de lo que he soñado, pero tanto y tan vivamente es algo inquietante.
Además ocurre que en mis sueños salen a relucir todos esos sentimientos que precisamente yo pretendo mantener a raya. Los recuerdos que no quiero conservar, las situaciones que me gustaría no haber vivido, las preocupaciones en las que no quiero pensar. Se puede decir que aparece mi lado oscuro con todos los rencores, envidias y frustraciones que creía haber superado. Por eso ya no quiero soñar tanto y menos recordarlo tan bien. Me recuerda que detrás de todas mis buenas intenciones subyace un ser primario que todavía va reivindicando los temas no resueltos que debería haber dejado atrás. El sueño es el refugio del subconsciente.