Y quien habla de más, más todavía. El otro día en la peluquería me tocó escuchar a mi pesar a la clásica señora bien que se dedica a contarle sus cuitas a las empleadas, las cuales, pobrecillas, no tienen más remedio que seguirle la corriente porque para eso las pagan. Estuvo casi una hora despotricando contra un centro comercial por un error que había cometido con la talla de una chaqueta Versace, por supuesto, que se había comprado. Por suerte las palabras no matan o estaría el establecimiento ya lleno de cadáveres. Parece mentira como hay gente a la que le gusta tanto llamar la atención a cualquier coste.
Ni el tema daba para tanto ni los demás teníamos el menor interés en ello. En el fondo es triste que alguien tenga que utilizar las peluquerías para desahogarse de quién sabe qué frustraciones personales. Pero lo que está claro es que la mejor manera de no meter la pata es hablar lo menos posible, y sobretodo procurar no hablar cuando estás disgustado, que es cuando surgen todos los pensamientos que no quisieras tener y menos sacar a la luz. Claro está que callarse demasiado puede hacerte enfermar incluso, pero como dice otro refrán, uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Gran frase.