El otro fin de semana murieron cinco personas en la misma montaña intentando escalar por el hielo. Y yo me pregunto una vez más hasta qué punto una afición vale una vida. Puedo comprender que haya amantes del deporte extremo y que busquen retarse a si mismos logrando el más difícil todavía, pero no hasta el punto de arriesgarse a perderlo todo. Eso sin tener en cuenta que esa clase de aficiones suelen costar muchísimo dinero, que estaría mejor empleado en otras causas. Y digo yo, ya puestos a vivir al límite, mejor marcharse a África a ayudar a los más pobres, o a las misiones del Amazonas. Allí también hacen falta personas valientes.
Yo ni siquiera monto en las atracciones fuertes de los parques de atracciones. Me parece que pueden ser peligrosas para la salud si tienes alguna lesión previa que no conoces. Menos todavía entiendo el puenting, el salto en paracaídas, parapente o el esquí alpino, o las carreras de cualquier vehículo, sobretodo si son fuera del circuito. Los profesionales de estas modalidades suelen tener decenas de huesos rotos y muchos de ellos acaban con su vida. Todo por una dosis extra de adrenalina. Y luego otros tienen que jugarse el tipo para recoger sus cadáveres. Además, cada vez que un alpinista sube al Everest significa que un sherpa ha subido cinco veces con los suministros.
Eso me recuerda también al que se va en bicicleta a Karachi a dar una vuelta, le atacan los insurrectos de por allí y luego encima el gobierno tiene que ir a buscarle y pagar el rescate. De eso habla el siguiente artículo: finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/20140223/sobre-aventura-responsabilidad-6907.html