Cómo podría explicar yo esto... A lo largo de la mayor parte de mi vida, la Fe fue algo que se daba por supuesto, no lo la sentía como algo personal y propio. No fue hasta cerca de los cuarenta años cuando empecé a profundizar en ese sentimiento. Porque, al fin y al cabo, la religión es mucho más que una serie de dogmas o mandamientos. Es algo que afecta a toda tu vida y tu manera de ver el mundo que te rodea y a los demás seres vivos. Sin embargo, yo he pasado por varias enfermedades que, sin ser graves, me han llevado al límite de la resistencia; especialmente los vértigos. Y también, por varias depresiones y épocas de fuerte ansiedad nerviosa, que me han puesto a prueba.
Ha sido en esos momentos, cuando he llegado a sentir el vacío más profundo, la tristeza más desconsolada, la falta de ilusión más absoluta. Esa noche oscura del alma me ha enseñado a valorar aún más el regalo de la Fe, que espero me acompañe ya por siempre. Dicen que los grandes santos y místicos siempre sufren estas épocas de dudas y desilusión. Sin querer compararme con ellos, creo que una fe profunda lleva consigo también este vacío profundo, que no es otra cosa que la oscuridad que sobreviene por la falta de luz. Cuando tu vida se ve iluminada más o menos habitualmente por tus creencias y de pronto te falla todo, el dolor es mucho mayor que cuando simplemente no tenías nada a lo que agarrarte.