Antiguamente se daba bastante el caso de la chica inocente recién llegada del pueblo que era seducida por un señorito sin escrúpulos que a continuación la abandonaba. Por fortuna esto ya no sucede más que nada porque no quedan chicas inocentes. La mujer que hoy en día se lía con un hombre mayor y posiblemente casado sabe perfectamente dónde se está metiendo. Sobretodo porque no elige al conserje de la empresa, sino que es más probable que busque a un directivo de éxito. Al igual que también las mujeres poderosas acaban muchas veces en brazos de jóvenes, no precisamente por su atractivo, sino por la llamada erótica del poder.
Siendo así, hoy en día es difícil distinguir entre seductores y seducidos. El hecho de que un hombre tan corriente como Fabio Briatore, por ejemplo, salga sólo con modelos, no creo que se pueda adjudicar a sus poderes de seducción sino más bien a la ambición de sus compañeras. El modelo de don Juan que embauca a sus víctimas ha desaparecido. Las mujeres, para bien y para mal, ya no tenemos nada de inocentes. Por eso, pretender culpar únicamente a una parte de la ruptura de una pareja o de una infidelidad resulta bastante injusto. Las mujeres ya hace tiempo que alcanzamos la mayoría de edad y somos responsables de nuestros actos.