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Nubes sobre el Mar

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viernes, 24 de enero de 2014

Quien no se aventura, no pasa la mar.

Como la vida es tan complicada, los refranes lo son también, a menudo contradictorios; por eso algunos te animan a esperar a que cambien las cosas y otros en cambio te incitan a cambiar. Es el caso de este refrán. Lo difícil es saber cuándo tienes que aplicar un consejo u otro. Cuando hay que lanzarse a la piscina y cuando es mejor tener paciencia y confiar en que todo se acabe resolviendo por sí mismo. En general yo suelo elegir la segunda opción, pero hay veces en que no queda más remedio que tomar una decisión drástica aunque suponga el riesgo de ganar o perder, porque el resultado vale la pena y es la única manera de lograrlo.

Yo me casé cuando no llevaba ni dos años de noviazgo. Me pareció que la apuesta valía la pena y acerté. No tenía sentido esperar cuando ambos éramos adultos con trabajo. Teníamos muy claro lo que queríamos y no teníamos por qué esperar más, ya que contábamos con los medios necesarios. Bien es verdad que nos fuimos a vivir alquilados a un apartamento de dos habitaciones, pero estábamos encantados. Cuando decidí dejar de trabajar también fue una decisión arriesgada y sin embargo no me arrepiento de haberla tomado. Hay veces que la vida te coloca en una disyuntiva y hay que armarse de valor para dar el siguiente paso.