Acaba de ser una vez más la gala de los premios Goya, donde los actores españoles se encargan de recordarnos una vez más que no se puede entrar en esa profesión si no eres de izquierdas. No sé por qué se sienten legitimados para opinar sobre cualquier tema de interés general en público, más aún teniendo en cuenta que ellos mismos sobreviven gracias a las subvenciones estatales, ya que sus películas no hacen taquilla. Y no la hacen, no porque las películas americanas tengan enchufe - como suelen argumentar -, sino porque las españolas son malas con ganas, en general. El público va a ver las películas que les gustan, independientemente de su presupuesto.
El cine español lleva treinta años estancado repitiendo los mismos clichés (salvo honrosas excepciones). Algunos ya nos hemos hartado del humor burdo, las escenas sexuales tórridas, la violencia gratuita y el lenguaje soez. Para eso nos basta con ver las series españolas en televisión. Pero yo no pagaría el precio de una entrada, ni aunque fuera la mitad de lo que es, por una película española. Luego están también las comedias costumbristas sin argumento, que resultan más pesadas que una vaca en brazos y las famosas visiones maniqueístas sobre la historia de España. A ver cuándo se enteran de que vamos al cine a entretenernos, no a dejarnos adoctrinar.