Se me posó una abeja en la ventanilla del coche y me fijé, porque habitualmente sólo veo a las abejas volando y me alejo, pero ésa estaba al otro lado del cristal. Es un bicho precioso, con sus antenas, su pelo y las patitas. Siempre me admiro de la perfección de la naturaleza. Cómo un insecto tan pequeño puede tener su corazón, su intestino y su sistema digestivo, todo en miniatura. Es como esos mamíferos minúsculos que también existen que se las arreglan para reproducirse y parir a su crías y sobreviven, a veces en condiciones adversas. O cuando veo a los pajaritos volando en plena tormenta y con temperaturas bajo cero.
Y luego dicen que los milagros no existen. La vida misma es un milagro. Cada elemento de la creación es único y especial en sí mismo, desde las plantas hasta la última montaña. Todo ello existe por una conjunción de factores irrepetibles y por eso debe ser respetado. Hay quien dice que todo es fruto de la casualidad, de una explosión de la nada que dio lugar al todo. Yo no pienso que eso sea posible. Tiene que haber una inteligencia creadora que organice ese caos de modo que todo funcione exactamente y no pueda existir de otra manera. Igual que en el interior de nuestro cuerpo, cada órgano tiene su labor imprescindible.